Vivimos en una época en la que el discurso institucional tiende a romantizar la gestión humana. Basta con asomarse a los foros profesionales o recorrer las plataformas digitales para encontrar disertaciones bellamente articuladas sobre el “liderazgo virtuoso”. Con frecuencia, se aplauden reflexiones que invitan a “educar para florecer” y que describen figuras que, supuestamente, influyen con el ejemplo, cuidan a quienes acompañan y ponen sus talentos al servicio del bien común.
Son mensajes inspiradores, recordatorios elocuentes de que liderar debe ser una forma de servir. Sin embargo, frente a esta proliferación de narrativas impecables, surge una obligación ineludible: cuestionar si estamos ante una verdadera transformación ética o ante un sofisticado, aunque bien intencionado, ejercicio de relaciones públicas.
Para encontrar un norte en medio de tanta retórica, resulta providencial volver la mirada hacia el rigor del pensamiento crítico. La reciente publicación que compila los escritos de Ramón Flores “Reformas Pendientes”, una obra fundamental entregada a los lectores en este recién finalizado mes de agosto, actúa como un antídoto necesario contra la superficialidad. Desde las reflexiones que introducen y prologan esta recopilación, se nos recuerda que el verdadero peso de la integridad no descansa en la elocuencia de las palabras, sino en la contundencia de las acciones. La lucidez plasmada en los textos de Flores, primer Rector del INTEC, nos enseña que la ética no es un adorno diseñado para exhibirse en un salón de conferencias, sino una práctica constante, estructural y, muchas veces, silenciosa.
Cuando escuchamos la poética afirmación de que los grandes liderazgos se recuerdan por “las personas que formaron”, es nuestro deber exigir que dicha formación sea una realidad palpable. Debe forjarse en la justicia, en la equidad y en el respeto diario, y no quedar reducida a un mero eslogan para cosechar interacciones en una pantalla. El peligro de envolver la ética en empaques tan estéticamente atractivos es que corremos el riesgo de devaluar su significado real. El cuidado genuino por un equipo no se demuestra proclamándolo desde una tarima con un micrófono en mano; se manifiesta en las decisiones difíciles a puertas cerradas, en la empatía genuina ante la vulnerabilidad del otro y en la coherencia inquebrantable entre lo que se predica y lo que se ejecuta.
Es imperativo que trascendamos la escenografía de las virtudes. La ética no se declara en presentaciones magistrales ni se sostiene a base de etiquetas; se ejerce en el desafío de la cotidianidad institucional. Hasta que nuestras acciones no impliquen un compromiso real que trascienda el aplauso, el liderazgo ético seguirá siendo una hermosa ilusión. La verdadera grandeza de un líder prefiere siempre el testimonio mudo e irrefutable de los hechos.
